martes, agosto 01, 2006

Polígono 2006

Llegó el momento, llegó la hora, no ha pasado tanto tiempo, pero a mí se me ha hecho eterno, pero hoy es el día, hoy vuelvo a escribir. No ha sido ni el pacto consensuado de las agujas del reloj, ni mi pretensión organizativa, ha sido el impulso, han sido los sentimientos, el corazón, la necesidad de trasladar lo que vivo a este lienzo compuesto por palabras, pintar mi presente, para que simplemente quede constancia en el futuro de lo que fue mi pasado.

No quería escribir un blog personal, ni un blog de opinión, quería simplemente escribir un blog literario, debido a este filtro temático he eliminado muchos de mis deseos de plasmar con palabras pensamientos propios, no me arrepiento, pero esta vez, tampoco me arrepiento de hacer lo que pretendo y deseo hacer, plasmar una de mis experiencias, más allá de lo literario, hago simplemente lo que me apetece. Lo hago porque lo necesito, porque para mí escribir no es una rutina, no es un oficio, no es un medio, es una terapia, una necesidad, un fin necesario para lograr convencerme a mí mismo de que existo, que soy algo más que materia dispuesta a respirar, alimentarme, reproducir y por desgracia consumir.

Pero quiero ir al grano, no tengo porque justificarme más, escribo porque lo amo, porque lo necesito, y ya está, ahora os quiero contar una historia, no quiero nombrar a nadie, pero esta historia y todo lo que se ha hecho para que ella salga adelante; todo lo necesario para que pueda hoy sentirme como me siento, se debe a la inestimable ayuda y apoyo que dos personas han demostrado hacía mí, para él y para ella van dedicadas cada una de estas palabras, reconocimiento que hago extensivo a los protagonistas de esta historia, sin ellos, nada hubiera existido.

Llevo casi quince días allí, pero mejor contar todo desde el principio, tal y como empezó.

Este verano se planteaba extraño, sin trabajo, sin expectativas de vacaciones, con mucho que hacer pero mucho más que organizar, todo en realidad se me hacía extraño, todo era imprevisible.

Así llegué al Polígono Guadalquivir, así y gracias a la mano de un amigo que me abrió las puertas de aquél universo desconocido. Me ofreció participar en un voluntariado organizado por la gente de “Los Salesianos” en Córdoba, yo acepté la oferta, acobardado he de reconocerlo, no sabía que me iba a encontrar en el polígono, sabía que iba a participar en algo parecido a un colegio de verano, pero no conocía ni al resto de responsables, ni a los niños, ni las instalaciones y sobre todo, no sabía lo que yo podría aportar en aquél lugar, siempre pensé y aún lo hago que quién más aprende soy y yo, poco tenía que aportar yo allí, eso era lo que pensaba.

Así fue, con ese pensamiento me incorporé al voluntariado. Los niños, son todos del Polígono Guadalquivir, una barrio muy humilde del sur de Córdoba, un barrio enorme, donde se mezclan muchas situaciones de precariedad, es una barriada de actuación preferente.

En el Colegio de Verano hay apuntados casi 80 niños más o menos, todas las tardes desde las 6 hasta las 9 de la noche aproximadamente acuden a la Parroquia Pauliana del Polígono, que es la “sede” del colegio de verano.

El fin del Colegio de verano es evadir a los niños e todo lo que les rodea, sacarlos de la peor de las rutinas, la desidia, el fin no es otro que el que tengan algo que hacer por las tardes, ese “algo” puede ser aprender en talleres cualquier manualidad, motivar su actitud hacia la música, infundirles ciertos valores de respeto y disciplina y sobre todo que se conozcan todos los niños del Polígono, en muchos casos también se mantiene una relación muy estrecha con los padres de los niños.

En el Polígono hay de todo, pero ese todo, es un todo compuesto por personas, por seres humanos, eso nunca se nos puede olvidar. Allí no existen las calles, la gente vive en “manzanas”, “yo soy de la manzana 14, este es de la 17”; así es como se identifican los niños, es un barrio enorme, al otro lado de la ciudad, nunca mejor dicho, la intención cuando se construyó es que estuviese como se ha dicho, al otro lado, como si no existiese, como si fuese un submundo sin importancia, soterrado, debajo de la verdadera ciudad, pero el Polígono existe y sus gentes también.

Usamos mucho los términos “Norte” y “Sur” para referirnos a las desigualdades existentes en el mundo rico y el mundo pobre, hablamos de eso de “mundos”, la gente, los ciudadanos acomodados atisban la pobreza sentados en sus casas con la mirada fijada en aquellas imágenes que el televisor proyecta, esas imágenes que nos muestran la injusticia de un mundo que al televidente se le hace lejano, un mundo que para él existe casi siempre solo en esa imagen televisiva y pocas veces en su conciencia o en su corazón, lugares idóneos para percibir imágenes, lugares que estoy seguro son más sensibles a tanta injusticia. Esto que es así, no puede hacernos olvidar, que el “Norte” como identificación de lugar rico y austero también existe en nuestras ciudades, desgraciadamente igual que existe el “Sur” pobre, precario y marginado. En Córdoba existe ese “Norte” y ese “Sur” más allá incluso de las propias identificaciones geográficas que podríamos hacer con ambos términos aplicados a la distribución de la renta en Córdoba, el “Sur” existe, porque existe gente en Córdoba en condiciones de vida muy limitada y muchas de ellas viven en el Polígono del Guadalquivir, un lugar muy necesitado que no vemos por la televisión, a lo mejor porque es demasiado cercano, a lo mejor porque mucha gente sabe que existe y se autociegan, dilapidan sus conciencias y prefieren seguir pensando que la pobreza y la precariedad son imágenes de televisión y no realidades cotidianas de sus ciudades.

Cuando un niño te mira a los ojos, sabes que el no tiene la culpa de su futuro, el no ha elegido ni a sus padres ni a su barrio, no ha elegido nada ni nadie, el es él por que le ha tocado. El niño hasta que es deja de ser eso, un niño, puede vivir casi en igualdad de condiciones que cualquier otro niño del otro lado de la ciudad, sin embargo, con la llegada de la adolescencia, el ambiente te “machaca” y es lo que hace que todo se vuelva un completo ciclo, es muy difícil romper la dinámica de la miseria, porque simplemente se desconoce otra cosa. Cada uno de estos niños se enfrenta día a día a situaciones muy extremas, viven al día simplemente porque carecen de referentes validos, los defectos educativos que en su casa reciben los trasladan al colegio, y allí muchas veces el siguiente encargado de la cadena educativa no pone o bien porque no está motivado o bien porque se le hace imposible; toda la vocación y empeño necesario para tan magna empresa. El problema fundamental creo que es la ya mencionada escasez de referentes validos, los niños desconocen las ventajas de estudiar porque no han visto a nadie que en su ambiente haya conseguido algo estudiando, al otro lado de la ciudad, no estudiar conlleva el apelativo casi instantáneo al sujeto que se aleja de los libros de “fracasado”, para el mismo hecho, para un hecho tan importante como el de la educación, como se ve, las ópticas son totalmente distintas, esta es la raíz del problema, la “dinámica de la miseria” machaca el ámbito educativo del niño, el ambiente es el que condena el desarrollo intelectual y personal del niño, la educación es un proceso a través del cual cada persona puede llegar a dirigir con sentido su propia vida. Es un camino en el que somos aprendices permanentes de acuerdo con nuestra propia experiencia, experiencia que es muy difícil que sea positiva en estos ambientes de miseria. Hay que educar para adquirir soberanía personal, para no estar al dictado de nadie y para que tengamos nuestras propias respuestas sobre las cuestiones esenciales.

Sin embargo, la que he bautizado como “dinámica de la miseria” se puede romper, al menos eso pienso yo, pues en el Polígono algo ha cambiado. El Colegio de Verano va ya por su duodécima edición, y tras compartir diálogos con compañeros veteranos que llevan doce veranos de sus vidas dedicados al polígono más muchas otras actividades que se desarrollan con los mismos niños en otras épocas del año, me han comentado que las cosas han cambiado muchísimo, desde sufrir alguna que otra “zurra” a salir a pedradas de allí, se ha pasado al respeto y cariño que el barrio tiene hacia los monitores, a la actitud colaboradora de los niños y a una disciplina propia de cualquier otro niño. La dinámica de la miseria parece que al menos está siendo frenada, gracias a la maravillosa iniciativa de esta gente, a su colaboración desinteresada, a su amor por los demás, a sus conciencias, a sus corazones.

Ha sido un mes maravilloso, he aprendido más en este último mes que en mucho tiempo de Universidad, Universidad que cada vez es más lejana a la realidad, cada vez es más superficial, más vulgar, menos humana, si allí nos enseñan el saber, algo falla por que no he aprendido mucho de su saber, en la universidad puede existir conocimiento pero es muy difícil encontrar allí sabiduría, sin embargo en el Polígono he encontrado lecciones imborrables de sabiduría, ya que el Norte puede poseer más riquezas, albergar mayores conocimientos, pero el Sur siempre será más sabio, más digno y más humano.